Hay encuentros que se quedan. No en la memoria superficial donde guardamos datos y rostros, sino en esa capa más profunda del cuerpo donde se archivan las sensaciones que no tienen nombre. Esos encuentros no necesitan libreta—se graban solos, en algún lugar entre la piel y el instinto, donde el recuerdo es más táctil que visual.
Y después están los otros. Los que se borran apenas se cierra la puerta, como si nunca hubieran existido. No porque fueran malos, necesariamente, sino porque faltó algo esencial: Conexión. Juego.
La diferencia no está en la técnica ni en el físico ni en cuánto dura el encuentro. Está en algo mucho más sutil: en si el hombre que llega está dispuesto a estar realmente ahí, o si solo vino por curiosidad o con una expectativa que poco lo involucre a él mismo.
Los que se quedan en mi memoria son los que de alguna forma entienden que esto es un juego. Los que llegaron sabiendo que esto no es un servicio mecánico sino una constante de seducción mutua. Los que entienden que el placer se construye entre dos, no se extrae de uno solo.
Esos hombres tienen algo en común: están nerviosos la primera vez. Excitadísimos, sí, pero también nerviosos. Y ese nerviosismo me encanta porque no viene de la inseguridad—viene de la anticipación. Es el nerviosismo del que sabe que está a punto de entrar en un territorio donde las reglas cambian, donde lo que funciona en otros lados quizás no funciona acá, donde hay que estar dispuesto a dejarse guiar primero para poder guiar después.
Hablamos un poco al principio. Nada forzado, nada ceremonial—solo el tiempo justo para que el cuerpo se calme y la mente se desconecte de afuera. Y entonces, empieza la acción.
Los mejores encuentros son como un juego bien jugado. No se trata solo de llegar al final—se trata de disfrutar la lucha deliciosa, de estar presente en cada movimiento, de entender que el objetivo es el placer pero el propósito es la diversión compartida. Los hombres que entienden esto saben que no están acá solo para acabar, están acá para jugar conmigo. Y cuando dos personas juegan de verdad, sin prisas, sin ego — ahí es cuando sucede la magia. Porque el juego requiere entrega mutua, complicidad, la disposición a perderse juntos por un rato, en algo que no tiene que ver con conquistar sino más bien con explorar.
Ese je ne sais quoi, que pasa o no.
Los encuentros que recuerdo para siempre tienen una química. Es como si nuestros cuerpos ya supieran cómo moverse juntos sin necesidad de instrucciones. Hay hombres que me miran y me tocan como si quisieran atravesarme, meterse dentro de mi cuerpo y quedarse ahí. Que saben que esto se trata de intensidad máxima, de lamidas sucias, de mirarnos a los ojos mientras nos amamos como si no hubiera nada más en el mundo.
Esos hombres me sorprenden. Llegan y resulta que son increíbles en la cama—no porque hayan estudiado técnicas, sino porque están presentes. Porque entienden que el sexo no es un monólogo donde ellos actúan y yo respondo. Es un diálogo donde ambos proponemos, donde ambos jugamos, donde el placer de uno alimenta el placer del otro en una espiral que no tiene techo.
Como soy multiorgásmica, cuando la química funciona, me enloquezco. Me dan ganas de hacerlo TODO con ellos. Y ellos lo sienten, y eso los enloquece a ellos también, y entonces el encuentro deja de ser un “servicio” para convertirse en algo que ninguno de los dos esperaba pero que ambos necesitábamos sin saberlo.
Y después están los otros.
Los que llegan desconectados. Los que vienen más por curiosidad que por deseo real. Los que entran a mi espacio queriendo imponer un juego de poderes en lugar de rendirse al juego del placer. Los que vienen a medir o a buscar clasificaciones. Tienen un ego tan frágil que no pueden soltarse, que piensan que pueden permanecer pasivos, evaluando, juzgando, como espectadores de su propio encuentro.
Esos hombres no conocen su cuerpo. No saben qué les gusta realmente. Llegan con fantasías prefabricadas de guiones imaginados. Y no los culpo. Es difícil estar presente cuando pasaste el tiempo desconectado de vos mismo, atendiendo a otros, pensando en soluciones para otros. Es difícil rendirse al placer cuando creciste creyendo que el placer es algo que se toma, no algo que se comparte.
Mi trabajo es lograr conexión: yo guío, yo seduzco, yo creo el espacio adecuado. Pero no puedo obligar a nadie a estar realmente ahí si su mente sigue afuera, preocupándose por cómo se ve, por si está haciendo las cosas bien, por si yo estoy fingiendo o sintiendo.
Los encuentros memorables no necesitan que yo finja nada. De hecho, lo que los hace memorables es precisamente eso: que no hay espacio para la actuación porque la intensidad es demasiado real. Mis besos son increíbles cuando el otro sabe recibirlos. Mi cuerpo responde de mil maneras que yo misma no sabía que podía responder cuando el otro está realmente presente.
Y eso no viene incluido en la tarifa. Es algo que pasa dependiendo de quién llega y cómo llega.
Los que vuelven a una segunda cita, a una tercera, a una séptima, son siempre los que entendieron esto desde el principio. Los que llegaron nerviosos pero disponibles. Y después, cuando vuelven, ya manejan más el espacio porque entendieron el código. Porque saben que acá el placer no es un bien escaso, sino un territorio compartido que se expande cuanto más generosos somos ambos en la cama. Esos hombres quedan grabados. No necesito libreta para recordarlos. Sus gestos, su forma de mirarme, su forma de tocarme en el sexo—todo eso se archiva solo, en algún lugar del cuerpo donde las sensaciones viven más tiempo que las palabras.
Y los otros, los olvidables, también se van solos. Sin drama. Simplemente desaparecen de la memoria.
Si estás leyendo esto y te preguntás de qué lado vas a caer cuando nos veamos, la respuesta es simple: depende de cuánto estés dispuesto a estar realmente ahí. A soltarte. A jugar. A dejar que tu cuerpo hable más fuerte.
Porque yo no elijo quién se queda en mi memoria. Eso lo decide el encuentro mismo.
Melania ♡

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