
Querido X:
Te escribo a vos, pero igual esta carta la van a leer otros porque yo quiero que la lean. Sabés bien que amo que me miren. Y hay historias que no se guardan. Sé que vos la vas a leer como lo que es: una indiscreción con buenos modales.
Te fuiste hace unos días y todo me sigue oliendo a vos. A ese bálsamo que te ponés en la barbita, olor a madera y algo más, un algo que no descubro qué es y que se me queda prendido en la nariz después de tantos besos. Ya no sé si ese olor es tuyo o mío. Sólo sé que venís a verme una semana por estación, y esa es la medida justa: tiempo suficiente para extrañarte, poco para que el deseo se duerma, que es lo único que me aterra en la vida. Morirme de aburrimiento. Quedarme sin historias. Tener una vida plana, de domingo subiendo cerro con gente previsible.
Me sé tu coreografía de memoria y la colecciono como colecciono mis juegos prohibidos. Tus audios diarios, con esa voz grave, contándome cómo te fue en tus reuniones y cómo te metiste a ver mis fotos en medio de ellas. Las fotos de tu cava, a miles de kilómetros de mí, del vino que abriste alguna noche en la que me decís que me extrañás. Y yo sonrío imaginándote, solo, aburrido, pensando en lo que haríamos vos y yo en una noche así. En algún momento inesperado, un día cualquiera, bloqueás en mi agenda los días que nos veremos, mientras una sacudida baja por mis largas piernas. Mis ganas de verte me hacen tramar cómo sorprenderte esta vez. Hasta que llega tu mensaje, austero como siempre: “Llego el próximo jueves. Por fin podré verte, mi niña mala”. Te contesto al final del día, a propósito, porque a un niño bueno como vos hay que hacerlo esperar. Así empezás a entender quién diseña las fantasías que te muestro desde que nos conocimos y quién te hace desearme como si nunca te hubieras ido. O como si yo no fuera a estar cuando vuelvas.
Y después el Ritz. Siempre el Ritz, porque vos sos un hombre de costumbres y yo una mujer que no discute las buenas costumbres de nadie. Llego al lobby. Ya estás ahí, con ese pañuelo al cuello que en cualquier otro hombre sería una afectación, y esa barba prolija de hombre que se mira al espejo lo justo y ni un minuto más, que es la medida exacta de la vanidad masculina que tolero. Cruzo el lobby despacio, sabiendo que me mirás caminar, que esa sensación es la mitad del placer. Sonreís cuando escuchás mis tacos acercándose a vos. Te huelo largamente, te reconozco. Me atraés, tomás mi mano, la besás. Nos escurrimos traviesos hacia el ascensor.
Apenas se cierran las puertas, me besás. Te empujo contra la pared de espejos de ese pequeño espacio y te tomo la cara con rudeza. Con largas lamidas me adueño de tu cuello. Te escucho jadear. Me doy vuelta, llevando mi cabellera negra a un lado, dejándote mi cuello a vos. En el espejo te observo comerme a besos, tan alto, tan rubio, y me veo a mi misma, mis manos empañando el vidrio, empiezo a lamer el espejo. Lamo mi propia imagen. Me encanta mirar como me besan mientras finjo que quiero escapar. Quiero más. Seguís raspándome con tu barba, mientras el espejo babeado desdibuja nuestra locura. Salimos a trompicones, me llevás a la habitación con las manos tomadas por detrás… ¿Seré tu rehén, acaso? Ni bien suena la llave, me das vuelta y me besás muy fuerte hasta hacerme doler. Querés tragarme, lo sé. Y aunque haya besado mucho, por oficio y por vocación, hasta esa noche habría dicho, con una arrogancia de la que hoy me río, que ya no me quedaba un solo beso capaz de sorprenderme. Me equivocaba. Con vos un beso es el fin y no un medio, como si no hubiera nada después. Tu barba dejándome la cara encendida. Sé que no querés que nuestros besos se acaben. Y siento una humedad que me sube desde la bombachita hasta la nuca y que, te juro, me durará por días. Te agarro la mano y la meto debajo de mi vestido, para que compruebes que esto es real. Te digo lo que quiero al oído y observo el efecto de mi voz en vos.
Me sacás el vestido con impaciencia, yo te arranco la camisa. Ambos sabemos que no tenemos una noche sino muchas, y que igual queremos gastarlas todas en esta. Te sentás al borde de la cama con mi sostén todavía en la mano, camino hacia vos, y quedo de pie con mis pechos a la altura exacta de tu cara, que es una altura que quienes hicieron esta cama, estoy segura ya calcularon, pensando en nosotros como los perros hambrientos que somos. Jugás con tu boca como sabés que me gusta. Te miro desde arriba con la boca abierta. Yo nunca cierro los ojos. Me gusta observar por si debo guiar, aunque con vos que me conocés de memoria, ya sabés muy bien cómo hacerme explotar. Y pienso, con una lucidez que me intriga, que a veces con vos me desconozco, que me descubro sin límite alguno, y que si no le pongo un poco de cordura a esto me voy a perder. Así que no le pongo nada. Quiero saber cómo se siente. Esta semana te tengo para mí.
Subís la cara, te la beso entera, te escucho jadear, y tu respiración se vuelve mi sonido favorito como cada enero, como cada abril, agosto y octubre. Y ahí me asombro, una vez más, ante la evidencia de la generosidad: ese tamaño importado, la proporción perfecta que me ha tocado presenciar. Pienso en mi suerte. Y sin querer sonrío, acordándome del último amante que tuve. Amante, digo, no cliente: a los clientes los elijo, los amantes suceden por distracción. Era diminuto en todo, salvo en su fe en Elon Musk. Y yo, aburrida, tenía que convencerlo de que estaba dentro del promedio, con la misma cara con que se felicita a un niño por un dibujo feo. Tanto instrumento en mi oficio, y el amante me salió talla xs. Pero vos… vos sos otra historia. Me arrodillo entonces, que es el único lugar del mundo donde me arrodillo, conste, y te pruebo como se prueba el mejor de los vinos, uno que ya me diste pero que igual me sorprende. Despacio, como buena catadora autorizada. Ese sabor a no sé qué que tenés, y del que no me despego hasta que yo lo decida.
Lo que viene después parecería una fantasía si lo contara, pero no lo voy a contar, más por avaricia que por pudor, ya que esto último no lo conozco, y lo sabés. Digamos que esa cama tiene buenos resortes y que los probamos sin consideración alguna por otro huésped, que la chaise longue, ese mueble que alguien diseñó para leer, sirve para cualquier cosa menos para lo que fue inventado, que a los espejos, esos que ya sabés cuánto me enloquecen, los hicimos trabajar noche a noche, que en el mármol de la tina pecamos sin la menor calma, porque las tinas no nos relajan sino que nos activan, y que a la una de la mañana subimos a la piscina del último piso, como dos adolescentes colados en fiesta ajena, y mientras me ensartás por detrás, con el agua hasta el pecho y la cúpula de vidrio arriba, yo miro fascinada la ciudad de Santiago con sus miles de lucecitas encendidas allá abajo mientras todos duermen, y siento arremetidas que me hacen…
Y al amanecer, con la cordillera rosada en la ventana y tu cuerpo sobre el mío, decís mi nombre como si fuera el verdadero, y yo te digo, bajito, cuánto me gusta estar con vos.
No me pidas que lo repita. Mi escaso romanticismo sólo me deja decir estas cosas una vez por visita, y medio dormida.
He conocido muchos hombres, querido. Algunos muy buenos: educados, divertidos, generosos como corresponde. Pero tengo una teoría, la teoría de una mujer que ha hecho de la observación un oficio: después del tercer o del quinto encuentro, casi todos se vuelven agenda. Un nombre, una hora, un “gracias, divino, estuviste genial” en la puerta, un check list de las cosas que sí funcionaron, y otra con lo que ya no vale la pena corregir. Vos no. Vos volvés, y cuando volvés no me da tiempo ni de mirar el reloj, ni de mirar el teléfono, ni responder algún mensaje. Te acordás de todo lo que hablamos, conversaciones que hasta yo misma olvidé. Y te dejás llevar adonde yo quiero llevarte, que es un lugar al que la mayoría de los hombres no llega nunca porque se la pasan en el personaje automático.
Eso es lo que te hace el mejor. No el único, eso no, que la exclusividad es un lujo que no vendo. Vos sos el mejor, que es mucho más.
Querido X, te adoro. Adoro a mi mejor cliente.
Y a veces me descubro con una pena que detesto y que no me queda bien, que vivas al otro lado del océano. Pero enseguida pienso: menos mal. Porque la practicidad es mi bandera, y porque enamorarse es lo peor que le puede pasar a una mujer como yo, y porque tengo lo mejor de los mundos: mi lado A y mi lado B. En el B estás vos, con tus regalos a distancia sin que te los pida. Y están los desayunos de admiradores para cada día, y los regalos que esperan una cita para cuando a mí me den ganas. Juego a mi modo, dando placer y tomando el mío, sin engaños, sin manipulaciones. Sólo con las cartas claras y bien puestas sobre mi cama.
Volvés en la próxima estación, y esa semana es tuya, como cada enero desde hace unos cuantos años. Mientras tanto me acuerdo de vos con las manos, que es la manera más auténtica de recordarte. Y sigo con mis viajes, donde siempre hay otros hombres, otras noches y otras fantasías que cumplo con gusto y oficio tenaz, porque el talento no se guarda en un cajón esperando a que alguien llegue, sino que se le sigue entrenando y gozando. Vos decís que lo nuestro es un paréntesis, lo sé. Pero hay paréntesis que contienen lo único importante de esa frase.
Para vos, y para quien yo quiera.
Melania⚜️
PD: En enero te leeré esta carta en voz alta, en nuestra cama de hotel, mientras vos hacés eso que sabés hacer con la boca hasta que me tiemblen las piernas y diga tu nombre una y otra vez.

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