Un cliente se ha obsesionado con mis tetas. Lo digo así, sin eufemismos, porque el eufemismo sería una traición a lo que realmente ocurre cuando su boca encuentra mi pecho: no hay delicadeza, no hay preámbulos, hay hambre. Una hambre antigua, casi infantil, que me resulta extrañamente conmovedora. Levanto levemente la cabeza desde la almohada y observo su voracidad, esa manera de perderse en mí como si el mundo se hubiera reducido a dos montañas de piel tibia y a la urgencia de conquistarlas.
Las junta con sus dos manos —manos grandes, manos que saben lo que quieren— y presiona con una firmeza que bordea el dolor pero nunca lo cruza, porque él conoce ese límite, lo ha aprendido en mi cuerpo como quien memoriza un mapa sagrado. Ensaliva con la totalidad de su lengua geográfica una y otra casi al mismo tiempo, pasando de un pezón al otro con la desesperación de quien no puede elegir entre dos frutas igual de maduras. Las chupetea de arriba a abajo, haciendo sonidos de fricción entre su lengua y mi piel, sonidos húmedos y obscenos que en cualquier otro contexto serían vulgares pero que aquí, en la penumbra de mi cama, son la banda sonora perfecta del deseo.
Intenta meterse mis tetas, las dos enteras, en toda su boca. Es una empresa imposible, por supuesto, pero hay algo hermoso en su insistencia, en esa terquedad de querer abarcar más de lo que la anatomía permite. Me remece de placer sentir su obstinación oral, esa manera de no rendirse ante los límites de la carne. Mete su cara entre el pliegue de ambas, frota en ellas todas las partes de su hermoso rostro —la nariz, los párpados cerrados, las mejillas ásperas de barba incipiente— como si quisiera bautizarse en mí, como si mis pechos fueran un río donde sumergir la cabeza y olvidarse de todo.
Y su boca. Esa boca deseosa que se pierde en ellas para succionarme como un bebé hambriento. Escribo esto y sé que suena extraño, quizás perturbador, pero hay una verdad en esa imagen que no puedo ignorar: el pecho de una mujer es el primer territorio del placer, el primer mapa que un hombre explora en su vida, y algunos —los más afortunados, los más honestos— nunca olvidan el camino de regreso. Y a mí me fascina ser ese camino. Esa ruta donde vuelven hambrientos a dejarme huellas de labios mojados y de escupitajos oscuros.
No puedo más de placer y él lo sabe. ÉL sabe que ESO me vuelve loca. Succionar, succionar, succionar, así, así. No es morder —odio cuando muerden, cuando confunden intensidad con torpeza, cuando creen que el dolor es un atajo hacia el éxtasis—. No es agarrar el pezón con los torpes dientes, no, no. Él no lo hace como lo hacen otros, esos que creen que más fuerte es mejor, que el pezón es una perilla que hay que girar hasta arrancarla. Él se agarra de la areola entera, la circunferencia negra completa, se prende sin más y chupa sin descanso hasta dejar de escucharme jadear de placer, hasta que mis jadeos se convierten en un ruido blanco que él ya no registra porque está perdido en su propio disfrute.
Y eso —que él se pierda, que él se olvide de mí mientras me consume— paradójicamente me excita más que cualquier atención deliberada. Quiebro la espalda, arqueo el cuerpo entero hacia su boca, le ofrezco más de mí aunque ya no quede más que ofrecer.
— Te comería cada día, todos los días del año —resopla mientras besa mi cuello, todavía insatisfecho a pesar de haber devorado tanto.
—Tu boca me pierde, amor… Me las vas a dejar ardiendo de nuevo, ahhh… —le susurro sin control de mí, sin pudor, porque con él el pudor es un lujo que no me puedo permitir.
Sonríe. Una sonrisa de niño travieso, de quien sabe que está haciendo exactamente lo que quiere y que nadie va a detenerlo. Y con su jugosa boca vuelve a capturarlas como un niño embarrándose con su helado favorito, sin importarle el desastre, sin importarle que el helado chorree por los dedos y por el mentón, porque el placer verdadero siempre es un poco sucio, siempre desborda los límites de lo prolijo.
Pasarán horas. Él habrá dejado ya mi cama, habrá vuelto a vestirse con la ropa de su vida pública, habrá besado mi frente con esa ternura post-coital que algunos hombres solo se permiten en los momentos de despedida. Pero la huella de su voluntariosa boca seguirá grabada en mi pecho como un latido que se prende y se apaga, como dos faroles que se encienden al roce de mi remera. Los pezones ardiendo con la fibra de mi sostén, sensibles como después de una quemadura de sol, recordándome a cada movimiento que algo pasó ahí, que alguien estuvo ahí, que fui territorio de una conquista feliz.
Y esa sensación —ese ardor que es mitad molestia y mitad nostalgia— me llevará a él otra vez. Lo recordaré mientras me ducho, mientras cocino, mientras finjo prestar atención a cualquier cosa que no sea el fantasma de su boca en mi pecho. Aun cuando aparezcan pequeñas llagas al roce de cada tela, y deba untarlas de aceite que calme ese calor. Aún así, lo recordaré con placer, y desearé poseída volverlo a ver.
Porque hay clientes que pagan por sexo. Y después está él, que paga por venerarme.

Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

No Comments