Me deslizo suavemente sobre tu torso. Tibio y claro bajo el mío, me invita a explorar tu zona de elevación. Aquí estoy, te digo con mi cuerpo, in puris naturalibus. Desnuda como vine al mundo pero con todo lo que aprendí: la sabiduría de las manos que saben dónde demorarse, la inteligencia de una lengua que ha cartografiado cientos de territorios y reconoce cada variación del placer.
La sensación de tu miembro empujándose contra mi piel me sobrecoge. Está ansioso, puedo sentirlo, pero yo no tengo prisa. La prisa es enemiga del placer verdadero, y yo no vine aquí a hacer trámites. Quiero que llegue el momento en que se hinche en mi garganta, sí, pero antes quiero el camino, el preludio, esa tortura exquisita de acercarse sin llegar.
El aire se vuelve más denso, el tiempo más lento, y algo antiguo despierta en mí —algo que sabe exactamente lo que viene y lo espera con la paciencia de un depredador que no tiene apuro porque conoce el final de la historia—. Ese momento es mi favorito. Ese instante en que todavía no te desplomas pero ya te tengo.
Me acerco. Lo huelo. Y aquí debería decir algo poético sobre fragancias y aromas, pero la verdad es más simple y más honesta: huele a hombre, a deseo, a esa mezcla de limpio y animal que me enciende desde algún lugar primitivo que no tiene nombre. Lo recorro de abajo a arriba con la punta de mi lengua, lentamente, como quien lee un texto sin saltarse ninguna línea. Saboreo su dulzor —porque sí, tiene dulzor, un sabor que no se parece a nada más— mientras mis cabellos caen sobre él como una cortina que nos separa del mundo.
Sigo con mi investigación sobre tus pliegues. Porque eso es lo que hago: investigo. Cada cuerpo es un enigma que requiere estudio y dedicación. Mi mano húmeda, mojada de mi lengua rosa, recorre lo que mi boca todavía no alcanza.
Vuelvo a tomarte con mi boca. Y ahora sí, ahora el juego se pone serio.
Crece. Crece. Tu tamaño y solidez me atraganta, pero el atragantamiento es parte del ritual, es la ofrenda que mi garganta hace a tu placer. Abro mis ojos —porque me gusta mirar, porque el sexo sin mirada es solo gimnasia— y te busco: tu mirada brilla por mí, tus labios babean por mí. Hay algo en verte así, desarmado, vulnerable, entregado a lo que mi boca decide hacer contigo, que me da un poder que no se puede igualar.
Sigo sorbiendo de ti, incentivando el ritmo circular de mi lengua. No es un movimiento aleatorio: es una coreografía aprendida en años de práctica, perfeccionada en cientos de encuentros, ajustada a cada reacción de tu cuerpo. Cubro ese ser que me pertenece —porque mientras está en mi boca, es mío, completamente mío— con todos los lados de mi larga lengua. La punta, los bordes, la base. Cada superficie tiene su función, cada movimiento tiene su propósito.
Escucho tu jadeo. Son como aplausos para mí, la única crítica que me importa, el único reconocimiento que necesito. Gimes más, te agitas como un perro, tiritas con ese temblor que anuncia el derrumbe. Y yo sigo. No paro. No pienso parar. Quiero verte caer.
Te desplomas en mi boca. Esa es la palabra: desplomarse. Como un edificio que finalmente cede, como una resistencia que se rinde. Yo prosigo con más ímpetu porque sé que este es el momento en que todo se intensifica, en que cada terminación nerviosa está al máximo. Tus piernas se sacuden con espasmos que no controlás, que no querés controlar.
Sorbo ruidosamente lo que queda de vos. No me escondo, no finjo delicadeza. El ruido es parte del acto, es la evidencia sonora de que esto está pasando, de que no es un sueño ni una fantasía. Lo retengo en mi boca unos segundos, siento su espesor, su tibieza, su textura única. Y me lo trago dichosa. Sí, muy dichosa. Hay un placer en recibir que pocas mujeres confiesan pero que muchas conocemos.
Me recuesto a tu lado observando el descenso. Tu respiración volviendo a la normalidad, tu cuerpo relajándose como después de una fiebre, tu mirada perdida en algún lugar del techo donde probablemente no hay nada pero que en este momento debe parecerte el cielo.
Fuiste mío otra vez. Y lo serás de nuevo. Mañana. Y pasado mañana. Porque es esta la boca que necesitás para no olvidar tu camino de regreso.

Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

No Comments