Hay noches en que pienso demasiado. Noches en que el cuerpo descansa pero la mente se dispara hacia territorios que no tienen nada que ver con mi oficio —o quizás tienen todo que ver, porque el deseo y el conocimiento son ramas del mismo árbol, raíces que se entrelazan bajo la tierra de lo que somos—. Esta es una de esas noches. Y en estas noches, inevitablemente, aparece Borges.
Como bien saben, mis queridos y letrados lectores cómplices, la ciencia y el arte no son antagónicos sino más bien complementarios: estética, orden y belleza juegan un rol primordial en la creación de teorías, el estudio de cualquier fenómeno debe tener —por cierto— su propia belleza matemática. Los físicos buscan ecuaciones elegantes no solo porque funcionen, sino porque la elegancia es un indicio de verdad. El universo, al parecer, tiene buen gusto.
De hecho, yo misma soy una belleza matemática de la perfección. Curvas calculadas por algún dios geómetra, proporciones que obedecen a razones áureas que nunca estudié pero que mi cuerpo conoce de memoria. Bueno, vos también. O al menos eso me gusta creer cuando te miro.
Borges y su capacidad de emocionarnos con sus poemas y sus cuentos ha sido conexión y referencia de muchos científicos: más de 4000 de sus citas mencionadas en la web de ciencia son citas científicas, no literarias. Un ciego que veía más que todos nosotros. Un hombre que nunca salió de su biblioteca y sin embargo recorrió todos los universos posibles. Y ya sé, seguro saldrán varios de sus detractores a blasfemar en su contra, esos que confunden la erudición con la pedantería, los que no soportan que alguien haya pensado más profundo que ellos. Pero a ver, para mí la inteligencia de los científicos se mide en selfies.
Sin quererlo ni buscarlo, Super Borges fue el primero en hablar de los universos paralelos a través de la literatura. Sí, señor. Su cuento El Jardín de senderos que se bifurcan nos habla de ese laberinto temporal donde las realidades existen en una red de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Pura física cuántica décadas antes de que los físicos la formalizaran. La literatura llegando primero, como siempre, porque la imaginación no necesita aceleradores de partículas para intuir la estructura del cosmos.
¿Se imaginan? Es algo que no deja de estremecerme. Y cuando digo estremecerme, hablo de un estremecimiento que empieza en la mente pero termina en el cuerpo, porque para mí no hay diferencia entre el escalofrío de una idea brillante y el escalofrío de una caricia bien puesta. Pensar que existen más posibilidades paralelas de las que nosotros mismos vemos, y que son también verdad. Universos donde tomé otras decisiones, donde elegí otros caminos, donde quizás no soy Melania sino otra versión de mí que nunca sabrá lo que se pierde.
Pensar que puedo encontrarme con mi caballero favorito más allá de este tiempo y espacio que flota. Un tiempo en el que nuestro Juego sensual deja de ser efímero y se extiende hasta el infinito. Donde lo que hacemos en una habitación de hotel no dura dos horas sino que se repite eternamente en algún pliegue del multiverso. Donde cada gemido reverbera para siempre. Donde el placer que nos damos es una constante cosmológica, tan fundamental como la velocidad de la luz.
Eso me hace perder el control de mis deseos. Oh sí.
Hay algo perturbador y hermoso en esta idea. Perturbador porque implica que cada decisión que no tomamos sigue existiendo en algún lugar, vivida por otro yo que no conocemos. Hermoso porque significa que nada se pierde realmente, que cada posibilidad se actualiza en alguna rama del árbol infinito. Borges entendió esto antes que nadie. Borges, que era ciego y virgen y sin embargo escribió sobre el deseo con una precisión que muchos amantes experimentados envidiarían.
Porque el deseo también es un jardín de senderos que se bifurcan. Cada vez que estoy con alguien, hay mil versiones de ese encuentro que no ocurren pero que podrían haber ocurrido. La mano que fue a la izquierda y no a la derecha. El beso que duró un segundo más o un segundo menos. La palabra que se dijo o se calló. Infinitas bifurcaciones del placer, infinitas Melanias gimiendo en infinitas camas a través del multiverso.
Y así, Borges siempre me sorprende. Me sorprende que un hombre que probablemente murió sin conocer carnalmente a una mujer haya entendido tanto sobre la naturaleza del deseo. Quizás porque el deseo, en su forma más pura, no es físico sino mental. Es la anticipación. Es la posibilidad. Es ese jardín donde todos los senderos existen simultáneamente, esperando que elijamos uno sin saber que los otros también se recorren en algún lugar.
Hoy, 24 de agosto, hace muchos años nacía Borges —iBorges, como me gusta llamarlo, el profeta de los laberintos, el arquitecto de infinitos—, y menciono uno de mis poemas favoritos: Otro poema de los dones, porque me gusta mucho el sentimiento de agradecimiento que posee, y por cómo estos versos han recorrido el mundo entero. Frases que expresan el sentir del amor, la amistad, el fuego. El contraste físico entre el diamante y el agua. El misterioso juego de ajedrez que es también el juego que yo juego cada noche con cuerpos que vienen a buscar lo que no encuentran en otra parte. La referencia musical al final del poema. Y la mención de su abuelita, Frances, pidiendo perdón por morir tan despacio.
Ojalá lo busquen. Y lo lean. Y llegue al fondo de sus corazones. ¿Será esto posible?
Este ha sido un momento de extrema sensibilidad de mi parte, lo sé. Estoy brillando de emoción al compartirlo, porque como ya saben, yo no sudo (las diosas no sudamos, pero brillamos). Y así, brillando con la luz de todas las estrellas que Borges enumeró en sus catálogos infinitos me abrazo al fulgor del que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo.
Y en algún universo paralelo, en este mismo instante, sé que Borges me está leyendo a mí.

Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

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