Horas antes nos peleamos por haberme reído del mal juego de fútbol de tu equipo chileno. Ché, jugaron para el orto, ¿qué querés que te diga? Vos te metiste al baño como un niño ofendido, como si yo hubiera insultado a tu madre y no a once tipos que ni siquiera saben que existís. ¿Estás llorando, ché? —me burlé desde afuera, golpeando la puerta con los nudillos—. ¡Que no es para tanto! Yo también sé lo que es sufrir cuando juegan para la mierda, te lo digo yo que he visto caer a un dios, mirá a mi Messi como… Abriste la puerta odiándome un poquito más. No pude evitar reírme por dentro. Hay algo en los hombres heridos por el fútbol que me resulta patético y tierno al mismo tiempo.
No tuve otra que saquear tu refrigerador. Tu mal humor me daba más hambre de lo normal, como si la tensión sexual frustrada se convirtiera en apetito digestivo, como si el cuerpo buscara por otro lado lo que no estaba consiguiendo. Calculé fríamente que si en media hora no te recomponías psicológicamente te abandonaría. No quería ser testigo de un suicidio o algo así. No quería tener que explicarle a nadie por qué había un cadáver junto a una camiseta de fútbol mojada de lágrimas. Odié con toda mi alma a los putos jugadores que lo hicieron tan mal ese día y que arruinaron mi performance sexual con el doble de Chayanne. Joder. Que no hay justicia en el mundo. Que una está acá, depilada, perfumada, lista para la acción, y estos imbéciles no pueden meter una pelota en un arco.
Estaba en lo mejor morfándome un jamón serrano —porque si vas a comer por despecho, que sea jamón de calidad— cuando apareciste y te sentaste a mi lado. Sin decir nada. El silencio de los derrotados. Abriste un champagne con ese gesto que tienen los hombres cuando quieren demostrar que ya superaron algo que claramente no superaron. Nos reímos. Conversamos de todo menos de deporte, porque hay heridas que necesitan tiempo. Una copa y otra más. El alcohol haciendo su trabajo químico de disolver las tensiones, de lubricar los engranajes del deseo que se habían trabado con tanta estupidez futbolística.
Desplazamiento feliz por tu living como si nos poseyera un feroz espíritu tribal. Algo primitivo despertando. Algo que no tiene nada que ver con la civilización ni con los modales ni con las reglas. ¡Salgamos de aquí! ¡Vámonos a bailar! —gritaste, y en ese momento supe que la noche iba a torcerse hacia algún lugar interesante—. ¡Sííííí, vamos! te seguí y nos trepamos a tu RAM TRX, la bestia americana con sus seguros de volver al futuro. Una camioneta obscena de grande, el tipo de vehículo que usan los hombres que disfrutan del exceso. 1, 2, 3, autorizado para despegar, tracción total con reductora, activada, lista para soportar el peor de los tratos, activada… —actué divertida mientras buscaba música en esa pantalla táctil tan grande como mi monitor de diseño.
Avanzamos a toda velocidad por Alonso de Córdova mientras sonaba Rockefeller Skank, que puse solo para joder y para contornearme sobre tu asiento de piel. El cual se sentía frío contra mis muslos y eso me gustaba. Con tu mano derecha me acariciabas por encima de la blusa sin dejar de mirar el camino. Una leve humedad afloraba entre mis piernas, esa humedad que anticipa todo, que el cuerpo produce antes de que la mente decida nada. Hace rato que quiero darte de besos, me dijiste, algo me decía que esta noche las cosas no serían normales.
Sentí un fuego descontrolado. Desabroché cada botón de mi blusa con esa calma que tengo cuando sé que estoy a punto de hacer algo que no debería. Te mostré radiante mis montañas, iluminadas por las luces de la calle que pasaban rápido como flashes de una fiesta a la que nadie nos invitó. Levanté con las manos uno de mis pechos y sacando mi lengua kilométrica me chupé los pezones mirándote de costado. Vos manejabas sonriendo, mientras el velocímetro marcaba números que no quiero recordar. Tu brazo recorriéndome despacio, te observé mordiendo tu labio inferior con expresión de hombre que está perdiendo el control pero no quiere admitirlo. Voy a estacionar, decís. No, seguí andando, te ordené. Era el movimiento lo que me ponía, los sonidos de los autos vecinos quedando rezagados. Sentía el peligro. La posibilidad real de que todo saliera muy mal.
Toqué tu entrepierna. Duro como roca. Bajé tu cierre en el instante exacto en que doblabas por Presidente Riesco, y había algo obscenamente bello en la sincronización, en hacer algo tan íntimo mientras el mundo seguía pasando afuera, ajeno, ignorante de lo que ocurría dentro de esta cápsula de metal y vidrio. Un semáforo rojo. Te acomodaste para que rebuscara y sacara tu miembro afuera. Todo, absolutamente en ese vehículo era macro. El volante, la palanca, la pantalla, tu pija. Deliré.
Me desprendí del cinturón de seguridad con un click que sonó como el inicio de algo irreversible. Un zapato, otro, fuera. Me saqué el pantalón de lentejuelas con la dificultad que implica tener la bombacha pegajosa entre los pliegues mientras alguien maneja a una velocidad ilegal. Me quedé en bragas. Escuché tu risa incrédula, Melania, mi amor, qué hacés… como si después de todo lo que hemos hecho vos y yo todavía pudieras sorprenderte, como si no supieras de lo que soy capaz de hacerte con tal de hacerte feliz. Voy a parar, volviste a decir. Ya estás parado, contesté, y los dos reímos de ese chiste tan estúpido porque todo era perfecto para ese momento.
De un salto me apoderé de vos con mis manos y empecé a masturbarte mientras la ciudad pasaba borrosa por las ventanas. Te quería en mi boca. Necesitaba sentir ese peso en mi lengua, esa invasión que me libera. Me incliné para devorarte justo cuando entrábamos al túnel de la Costanera Norte, iluminados por sus reflectores como actores en un escenario montado especialmente para nosotros. Eat Sleep Rave Repeat escuchaba fuerte, el bajo vibrando en los asientos, la música mezclándose con tus gritos de enajenado. Ahhh. Ahhh. Ahhhhhh. Estamos hechos el uno para el otro, pensé, aunque sabía que eso era mentira, que no estamos hechos para nadie, que solo coincidimos en el espacio y el tiempo para aprovecharnos de esa coincidencia que nos da querer regalarnos placer.
Me excitaba tanto. Proseguí. Ahhh. Ahhh. Ahhhhhh. Mi operación oral continuaría hasta el infinito si fuera posible, pero nada es infinito, ni siquiera el túnel más largo de Santiago. La claridad de los focos nos iluminaba fuerte a través de la luneta del auto, y cualquiera que hubiera mirado —un conductor curioso, una cámara de tránsito— habría visto mi cola apuntando al techo, mis bragas corridas hasta mitad de la pierna, mi cabeza subiendo y bajando sobre tu regazo. No entendía nada de lo que gritabas. Era imposible concentrarme en tantas cosas a la vez: tu sabor, el movimiento, la música, la velocidad, el peligro, tu mano derecha… Tu inmenso miembro en mi boca iba a estallar. Tus dedos presionando mi larguísimo clítoris erecto me tenían abierta, expuesta, anhelante. Con la poca consciencia que me quedaba pensé que lo que seguía a continuación debía de ser muy muy rápido. Eat Sleep Rave Repeat…
Te saqué de mi boca para treparme sobre vos y atraparte con mi conchita hambrienta. No hubo transición, no hubo pausa, solo el cambio de una cavidad a otra, de una forma de poseerte a otra forma de poseerte. Que delicia, sí. Hundí mi cabeza a un costado de tu cuello para dejarte seguir la luz hasta el final del túnel, para no obstruir tu visión porque sólo quería mi petit mort esta noche y no otra forma de irme, estás loca mi niña… Ver cuánto más podrías tener el control de tus dos máquinas —la de metal y la de carne— me enceguecía de placer.
Me desplomé a los segundos sobre vos. A los segundos, percibí tu temblor inundándome por dentro, sin saber cuánto más podrías resistir estar atento a ese instante. Mi entrepierna chorreaba. Caí como plomo en mi asiento, destrabé el olvidado cinturón de seguridad para ponerme en resguardo. Nadie recordaba ningún estúpido equipo de fútbol. La felicidad me vibraba por dentro de la piel como un eco que no se apaga.
Escuchaba a lo lejos tu risa y toda la retahíla de groserías que tu entrecortada respiración te permitía gritar. Los últimos destellos de la luz en el techo transparente nos acompañaban como una despedida. Eat Sleep Rave Repeat. Abrí los ojos. Oscuridad de nuevo.
La noche recién empezaba.
Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

No Comments