Falta un día para verte y mi cuerpo lo sabe. Mi cuerpo, ese traidor que no me consulta nada, hace lo que se le canta sin pedirme permiso. Estoy como perro ansioso que escucha la palabra “paseo”: las orejas paradas, la cola moviéndose, babeando un poco. Es patético, lo sé. Pero acá estamos.
Tus mensajes previos van aleccionándome sobre lo que esperás de mí en otro encuentro más. Y yo los leo como si fueran literatura, ché. Los analizo. Los releo. Los interpreto. ¿Qué quiso decir con ese emoji? ¿Por qué ese punto final tan seco? Parezco una adolescente de quince años y no una profesional del sexo con más horas de vuelo que piloto de LAN. Tus llamadas dosifican ese poco de ternura que intentás no demostrar —porque los hombres argentinos creen que la ternura les va a hacer caer la pija o algo así— y que logra ponerme nerviosa. Nerviosa yo, ché. Yo que he visto de todo. Yo que tengo el curriculum erótico más extenso del Cono Sur. Nerviosa como quinceañera.
Luego serán otros los detalles que incrementen mi deseo haciendo que se extienda hasta el infinitum posible… No te vayas, quédate aquí, dejáme trepar sobre vos una vez más, no te vayas, haré eso que te gusta… Sí, ya sé, sueno tan reiterativa. Y me conocés, me odio un poco por eso mismo. Pero es lo que hay en este momento.
Y creo que ha llegado el momento de decirte lo que me está pasando con vos. Creo que quiero salir del clóset.
No del clóset de la sexualidad, ché, que de ese salí hace rato y con fuegos artificiales. Hablo del otro clóset. El clóset emocional. Ese donde las escorts guardamos los sentimientos como quien guarda la ropa de invierno: bien al fondo, en bolsas de plástico. Ese clóset que se supone no deberíamos abrir nunca porque si lo abrimos se nos cae el negocio, se nos cae la imagen, se nos cae todo el personaje que construimos con tanto esfuerzo.
Creo que quiero expresarte que sueño con vos. Que duermo pensando en vos. Que despierto pensando en vos. Que me masturbo pensando en vos —y mirá que tengo material de sobra para elegir, ché, no es que me falten opciones en el banco de memoria— mientras repaso todo lo que nos hacemos y todo lo que nos decimos, sin que pueda alcanzar la nota orgásmica de antes. Porque desde que te conozco lo único que necesito para llegar es tu cuerpo. Tu cuerpo específico. No un cuerpo genérico, no un cuerpo cualquiera de los tantos que pasan por mi cama. El tuyo. Eso es un desastre logístico, la verdad.
Creo que quiero confesarte que sonrío al ver tu nombre en mi cel cada semana. Sonrío, ché. Yo, que tengo la cara entrenada para no mostrar nada. Yo, que puedo fingir un orgasmo con la misma convicción de una gran actriz. Sonrío como una boluda mirando el teléfono en el uber, y la gente debe pensar que me gané la lotería o que me llegó un meme muy bueno, cuando en realidad es tu nombre en la pantalla, nada más que eso, tu nombre diciéndome que existís y que te acordás de que existo.
Creo que quiero revelar que esa primera vez que te vi tras la puerta, sonreíste al percibir que te estaba observando a través de la redondez del ojo mágico —ese agujerito que es mi último filtro de seguridad, mi última chance de decir “no estoy” si lo que veo del otro lado me da mala espina—. Y un escalofrío me atravesó cuando tu mirada se posó agrandada frente a mis ojos. Deformada por el lente, tu cara parecía un personaje de Tim Burton, pero igual me gustó. Debería haberme preocupado. No me preocupé.
Esa vez, me dijiste al oído que pasáramos la noche juntos. Y yo, fuera de mí, sin dudar, sin calcular, sin hacer la cuenta mental del costo-beneficio que hago siempre —porque esto es un laburo, ché, no una ONG del orgasmo—, me quedé con vos. Nos enfrascamos la noche entera en conocernos de todas las maneras posibles. Sin saber por qué. Bueno, mentira, sabiendo exactamente por qué pero sin querer admitirlo.
Esa noche me convertiste en tu Torre Eiffel sobre vos. Sí, Torre Eiffel, porque soy alta, estructurada, y aparentemente una atracción turística. La torre que te cabalgaría como el Sena que sos, con tu torrente explotándome y haciendo que la torre se eleve con mi balanceo una y otra vez.
Esa noche instauraste la posición que sería el inicio de cada encuentro siguiente. Nuestra firma. Nuestro saludo secreto. Me echaría hacia atrás precipitada y treparía golosa sobre vos en mi movimiento de arriba abajo, chocando mis nalgas con tus muslos haciendo un ruidito seco —un aplauso de carne contra carne que debería patentarse—, cual danza del vientre sobre vos que hace que mis oscuras protuberancias reboten desorganizadas por los lados. Tan desorganizadas como mi vida desde que te conocí.
Y vos gemís de gozo con tus uñas lastimando mis caderas —me dejás marcas, ché, tengo que inventarle excusas al dermatólogo—, mi cuerpo expuesto absoluto a tu mirada. Y yo voy cerrando los ojos esperando tu tibieza dentro mío, también te demuestro la necesidad que tengo de estar con vos.
Nunca podré decir que te reconocí entre mil. Eso sería muy de un romanticismo que aborrezco. No. Más bien diré que hacía falta conocer a mil para saber que mi relación con vos me anclaría en un sentimiento que no se comparara con ningún otro. Traducción: tuve que cogerme a medio Santiago para darme cuenta de que con vos era distinto.
Te llevo conmigo. No sé cuando empezó ni cuando va a terminar. Pero acá estás. Te llevo como la memoria de la vez que me regalaste el caleidoscopio blanquiazul. Al primer vistazo, todas esas figuras de colores me parecieron banales, un juego de espejos mostrando diferentes simetrías de elementos dispersos, un regalo de esos que no sabés si es tierno o si el tipo no tenía idea qué comprarte y agarró lo primero que vio. Pero después, observando los detalles con un movimiento manual hacia la luz, gracias a las leyes ópticas y a una mirada entrenada, atrapé los colores, los matices, de tu sonrisa en tu cara.
Y así, mientras el instrumento gira, con una forma más maravillosa que otra, encuentro la que se queda grabada y no queremos perder. Así yo, después de varias visiones de hombres diferentes —muchos, ché, demasiados—, mientras aguzaba el ojo que me revelara un asombro inusitado, así mis ojos supieron ver en mi camino a aquel que sí me conmovería.
Y ese sos vos.
Listo. Ya lo dije. Ya salí del clóset. Ahora si me disculpan, voy a hacerme un té y a fingir que esto que acabo de decir no pasó.

Melania ♡
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

No Comments