Enero tiene algo que los otros meses no tienen: la excusa perfecta.
La mayoría anda con ese aire de renovación, de “ahora sí”, de pizarra en blanco esperando que alguien escriba algo interesante. Y lo curioso es que terminan escribiendo las mismas promesas vacías de siempre: bajar de peso, ahorrar dinero, ser mejor persona. Como si la felicidad viniera en forma de lista de supermercado.
A mí nunca me gustaron los finales de año. Siempre me ha angustiado terminar capítulos, cerrar ciclos, despedirme de cosas que todavía no sé si quiero soltar. Pero con el tiempo aprendí algo: enero no se trata de cerrar puertas—se trata de darse permiso para abrir otras. No es el mes de los sacrificios, es el mes de los permisos. El mes en que finalmente podés decir “me lo merezco” sin tener que justificarlo ante nadie, ni siquiera ante vos mismo.
Pero hay quienes saben que “año nuevo” no significa volverse alguien distinto sino animarse a explorar las partes de uno mismo que llevaban tiempo esperando turno, acumulando polvo en algún rincón oscuro del deseo.
Ahí es donde yo entro.
Porque resulta que hay cosas de ti que no conocés todavía. Zonas del placer que ni siquiera sabés que existen porque nunca te diste el permiso de buscarlas, porque siempre hubo algo más urgente, más importante, más correcto. Y después la vida se te va sin saber de qué estabas hecho realmente, qué te hubiera hecho vibrar si te hubieras animado a probarlo.
Este año que acaba de terminar fue agotador para muchos. Yo también lo sentí. La era del pixelado infinito, del desplazamiento automático, de las pantallas que prometen conexión pero entregan soledad. Hay algo que está cambiando, una especie de hartazgo colectivo con lo digital. La gente empieza a anhelar lo tangible otra vez: conversaciones cara a cara, cuerpos presentes, texturas reales en lugar de imágenes que se desvanecen al cerrar la
aplicación.
La gente está cansada de lo virtual. Y yo siempre ofrecí lo contrario: carne, piel, presencia.
Porque lo que ofrezco no se puede descargar, no se puede consumir desde la comodidad de una pantalla. Requiere presencia. Requiere que cruces una puerta real, que te pares frente a mí, que tu cuerpo esté ahí y no solo tu atención fragmentada. Requiere que te des el permiso—ese que enero te regala sin que tengas que explicarlo—de buscar algo que no está en ningún algoritmo.
Enero es generoso con los valientes. Les da una narrativa: “Es año nuevo, me lo merezco, es momento de hacer algo diferente”. Enero les regala una justificación que no necesita explicaciones. Un permiso que nadie puede discutir.
Y acá viene lo interesante: no se trata de convertirte en alguien nuevo. Se trata de descubrir capas de vos mismo que ya estaban ahí pero que nunca habías tenido el coraje—o la excusa—de explorar. Ese morbo que te da vergüenza reconocer. Esa fantasía que te parece demasiado. Esa curiosidad que siempre empujaste al fondo porque “no era el momento”.
¿Y cuándo va a ser el momento? ¿Cuándo vas a dejar de tratar tu deseo como algo que hay que domesticar?
Yo he visto a hombres descubrirse en mis sábanas. No es metáfora barata: literalmente se descubren, se sorprenden de lo que les gusta, de lo que les excita, de las reacciones de su propio cuerpo cuando finalmente dejan de controlarlo y simplemente lo habitan. Y después se van con esa sonrisa de quien acaba de encontrar una habitación secreta en su propia casa.
El deseo no es un territorio fijo. Es un mapa que se expande cada vez que te animás a explorarlo. Cada encuentro puede revelarte algo que no sabías de vos, algo que estaba ahí esperando el momento preciso, la persona indicada, el permiso que finalmente te diste.
Enero es eso: el mes de los permisos. El mes en que el resto del mundo está ocupado con sus gimnasios y sus dietas mientras vos podés dedicarte a algo mucho más interesante: conocer las geografías secretas de tu propio placer.
Porque en ese lienzo sí hay cosas nuevas. No el cuerpo—el cuerpo es el de siempre—, pero sí las maneras de habitarlo, de dejarlo ser, de permitirle que te sorprenda.
Y yo sé guiar esas exploraciones. Para eso estoy.
Feliz 2026.
Melania ♡

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