Ché, me gustás cuando te callás porque te puedo sentir, porque te acercás hipnotizado a eyacular sobre mí y volcás tu ser a mi lado como si hubieras muerto.
Y sí, como todo gira alrededor de mí, vos emergés de entre mis sábanas llenas de mi olor, encendiendo mi deseo para de un salto montarme sobre tu lengua, y cabalgarte la cara.
Ché, me gustás cuando callás y estás así, lejos, perdido en tu placer, nada ni nadie te alcanzará en tu propio viaje. Y sólo yo, seré sólo yo, quien acompañará ese silencio de muerto al desplomarte.
Me gustás cuando callás porque estás como ausente, no hay nada que se compare con ese momento de amor con vos, hasta convertirnos en esos dos seres sin nada más que decirse, anhelando un viaje al futuro, en el cual podamos volver a mover las ganas de nuestros cuerpos, sólo por gusto y nada más.
Me gustás cuando te callás porque sólo así empezás a sentir. Sin el ruido de tus palabras intentando justificar por qué estás acá, sin tus excusas morales, sin tus racionalizaciones ridículas.
Te acercás hipnotizado, como todos los hombres cuando el deseo les apaga el cerebro y les enciende las partes que realmente importan. Te acercás para eyacular sobre mí, o dentro mío, o en mi boca.
Y volcás tu ser a mi lado como si hubieras muerto. Porque momentáneamente, moriste. El ego murió. Las preocupaciones murieron. El hombre respetable que sos afuera murió.
Y solo queda el animal que siempre fuiste pero que nunca te dejaron ser.
Mi olor es tu recuerdo. Tu souvenir de la habitación 212.
Y mientras emergés (confundido, exhausto, feliz de una manera que hace años no recordabas), yo siento cómo se enciende mi deseo. Porque verte así, vulnerablemente satisfecho, me excita más que cualquier juego previo.
Entonces de un salto me monto sobre tu lengua. Porque ahora es mi turno. Porque esto también tiene sus reglas de reciprocidad. Porque me gusta cabalgar tu cabeza entera hasta que no puedas respirar nada más que de mi sexo.
Ché, me gustás cuando callás y estás así: lejos, perdido en tu placer.
Esa mirada vidriosa que tienen los hombres cuando están en el borde del orgasmo. Esa desconexión total con la realidad exterior. Ese momento donde podrían entrar ladrones a la habitación y ni te enterarías porque estás viajando a otra dimensión.
Nada ni nadie te alcanzará en tu propio viaje.
Es tu viaje privado. Tu éxtasis solitario aunque yo esté montada encima tuyo. Porque el placer, en su punto más alto, siempre es solitario. Siempre es un viaje que hacés solo, aunque haya alguien más en la cama.
Y yo lo entiendo. Porque yo también viajo sola cuando llego. Aunque estés vos ahí, aunque sea tu lengua la que me lleva, mi orgasmo es mío y solo mío.
Y sólo yo, seré sólo yo, quien acompañará ese silencio de muerto al desplomarte sobre las sábanas. Te voy a ver caer como un edificio derrumbado. Te voy a ver respirar con dificultad, buscando aire, buscando coherencia, buscando recordar cómo se regresa al mundo normal después de volar tan alto.
Ché, me gustás cuando callás porque estás como ausente.
Presente físicamente pero ausente mentalmente. Y eso, paradójicamente, es la presencia más genuina que un hombre puede ofrecer.
No hay nada que se compare con ese momento de amor con vos (o de lo que sea que esto sea, porque llamarlo “amor” sería confundir todo innecesariamente).
Nos convertimos en esos dos seres sin nada más que decirse. Porque ya se dijo todo con la piel, con las manos, con la boca, con las curvas hechas olas.
Las palabras sobran. Las explicaciones sobran. Las promesas sobran.
Solo queda el cansancio compartido. El sudor mezclado. El olor a sexo que impregna la habitación 212 y que el servicio de limpieza odiará limpiar mañana.
Y mientras estamos ahí tirados, exhaustos, satisfechos de una manera animal y simple, ambos sabemos que estamos anhelando un viaje al futuro.
Un futuro donde podamos volver a mover las ganas de nuestros cuerpos.
No mañana (mañana vos volverás a tu vida y yo volveré a la mía).
Pero en algún momento. En otra habitación. En otro hotel. En otra ciudad quizás.
Volveremos a encontrarnos sólo por gusto y nada más.
No porque me pagues (aunque me pagarás, seamos claros). No porque yo sea tu domadora ni vos mi cliente. Sino porque habrá genuina química entre nosotros. Porque el cuerpo recuerda. Porque el placer adictivo siempre busca repetirse.
Y esa es la paradoja más hermosa del trabajo sexual bien hecho: cuando la transacción se vuelve tan buena que parece no serlo. Cuando el dinero se vuelve invisible porque la conexión es real. Cuando el sexo mercenario se siente como el mejor sexo de tu vida porque, técnicamente, lo es.
Yo escribo sobre el silencio de mis clientes cuando finalmente dejan de hablar y empiezan a coger como dios manda.
Neruda romantizó la ausencia. Yo celebro la presencia animal, sin filtros, sin disculpas.
Neruda habló de amor. Yo hablo de placer. Que a veces, seamos honestos, es más honesto que el amor.
El placer nunca miente: Cuando gemís, es genuino. Cuando acabás, es real. Cuando quedás desparramado en nuestra infinita 212 sin poder moverte durante diez minutos, no estás fingiendo nada.
Y esa honestidad brutal del cuerpo es más valiosa que todos los miles de poemas románticos.

Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

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