Faltan minutos.
El reloj se convierte en un instrumento de tortura cuando debo esperar así, con el cuerpo ya dispuesto y la mente adelantándose a lo que vendrá. Él, F. llegará en cualquier momento. Le gusta jugar conmigo estimulándome con esos minutos de espera, con ese intervalo donde el deseo crece sin nada que lo alimente más que la imaginación. Y lo logra. Siempre lo logra. Él sabe que el sexo empieza mucho antes de tocar, que la anticipación es un territorio erótico tan válido como la piel, y se aprovecha de eso.
Trepada a cuatro patas lo espero en la cama con una venda en los ojos. Sí, lo sé, parece trivial, una mala copia de un pésimo libro erótico hecho película, esa fantasía de supermercado que prometía revoluciones y entregó vergüenza ajena. Pero yo cedo a ese modo de disfrute sin ironía, porque he aprendido que los clichés a veces funcionan, que no hay que ser original para gozar, que el cuerpo no lee reseñas literarias antes de excitarse. Y así estoy, repito, desnuda y algo de frío con una tela sobre los ojos. La venda me quita el sentido que más uso y por eso me obliga a despertar los otros. Ahora todo es sonido, olor, textura. De pronto el mundo se reduce a lo que mi piel puede percibir. Y esa espera odiosa que me resulta interminable.
¿O es ansiedad? Ya no distingo bien. El frío poniendo duros mis pezones hace que me olvide un rato del tiempo. Se yerguen como pequeñas alertas, como antenas que buscan una señal en el silencio del cuarto. Presiono mis enormes tetas con el reverso de mis brazos para calentarlas, para darme algo que hacer mientras espero, porque la espera sin ocupación es insoportable cuando el deseo ya está instalado entre las piernas como un animal que no entiende de paciencia.
Me distraigo con la música. Un jazz suave que elegí especialmente para esto, esos saxofones que parecen diseñados para acompañar cuerpos que se buscan. Sí, sí, lo puse al volumen indicado, pienso, revisando mentalmente cada detalle de la escena que preparé. Porque esto también es parte del oficio: la mística del ambiente, la arquitectura del placer, esa atención a los detalles que distingue una experiencia memorable de un simple revolcón.
Escucho el cerrar de la puerta.
F. llegó.
Un ligero estremecimiento me recorre desde la nuca hasta el final de la espalda. No lo veo pero lo siento, su presencia llenando el espacio como un perfume que se expande. Imagino su sonrisa observándome así, con la colita alzada y la vulva al aire, ofrecida como un fruto que espera ser tomado. Hay algo en esa posición que me gusta más de lo que debería admitir: la vulnerabilidad elegida, la sumisión que no es derrota sino estrategia, el poder que se esconde en parecer indefensa.
Me repasa con su lengua. Estoy húmeda a borbotones, tanto que me avergonzaría si la vergüenza tuviera algún lugar en este cuarto, pero no lo tiene. Se alegra, lo sé por el sonido que hace, ese murmullo de aprobación que los hombres emiten cuando encuentran lo que buscaban. Mi cuerpo se calienta desde adentro, como si alguien hubiera encendido una caldera en mi centro. Quiero ser absorbida, catapultada por su miembro hacia ese lugar donde dejo de pensar y solo existo.
Mis sensibles oídos perciben cómo se desprende de su ropa. El tintineo de un cinturón, el susurro de una camisa que cae, el roce de tela contra piel. «Apuráte, no doy más», pienso sin decirlo, porque decirlo sería romper el juego, sería admitir que él tiene el control y que yo estoy a su merced, aunque eso sea exactamente lo que está pasando. “Cómo podés demorarte tanto, canalla, que no doy”– pienso de nuevo, pero no lo digo.
Se acerca. Me come la oreja con esa lentitud que es casi crueldad. Y sé, con la certeza de quien ya conoce este libreto, que se tomará todo el tiempo del mundo. Lo hará muy lento. Porque él sabe que la lentitud me desespera, que mi cuerpo es impaciente, que hay una bestia en mí que quiere ser liberada y él prefiere mantenerla enjaulada un rato más.
Intento cambiar de posición pero no, él decide mantenerme quieta e instalarse abajo. Mis tetas cuelgan como carpas sobre su cara, pesadas y llenas, y él me las ordeña cual ubres con sus manos, boca y lengua por un tiempo que me parece infinito. Me enloquece. Me sacudo como si tuviera fiebre. Quiero ver su cara mientras me las destroza, quiero arrancarme esta venda y encontrar sus ojos, pero las reglas son las reglas y yo las acepté cuando me la puse.
Abro la boca, espero por un beso que no llega. Necesito chupar algo, lo que sea, un dedo, su lengua, su piel, cualquier cosa que llene este vacío oral que de pronto se vuelve urgente. Mi saliva se lubrica en exceso y se me escurre por un lado de mis labios, obscena, incontrolable. Él sigue absorto en su tarea oficial, ajeno a mis ruegos silenciosos, concentrado en mis pechos como si fueran el único territorio que le importa conquistar.
De un movimiento se pone tras mío. Sabe que estoy a punto de embestir como el peor de los demonios, que mi paciencia tiene un límite y ese límite ya fue cruzado hace rato. Penetra lento, visceral, con esa parsimonia de quien sabe que tiene todo el poder y puede administrarlo a su antojo. Entra y sale de mi cuerpo que ya es inmune al dolor, que solo registra placer, que ha olvidado cualquier otra sensación que no sea esta. Entra, sale y vuelve por el mismo camino, brillante y pleno.
Rasga con furia cuando finalmente se suelta, cuando abandona la lentitud calculada y se entrega al instinto. Y yo me quedo sin voz, sin aire, sin nombre. Me desplomo. Se derrumba sobre mí. Quedo atrapada entre su peso, su olor y su aliento, y hay algo en esa prisión de carne que me resulta más liberador que cualquier libertad.
Saca mi venda. La luz me lastima un segundo antes de encontrar sus ojos. Besa mi rostro con una ternura que contrasta con todo lo que vino antes. «Hola mi pequeña», dice, como si recién llegara, como si todo lo anterior hubiera sido un sueño del que ambos estamos despertando.
Lo abrazo. Me arrincono en su pecho. Y nos pasamos toda la tarde conversando…

Melania⚜️
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

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