A veces, cuando lo que tiene que suceder no sucede, no queda otra que tomar una decisión y actuar, aunque uno sepa que toda decisión es también una renuncia, una puerta que se cierra mientras otra se entreabre apenas lo suficiente para dejar pasar un hilo de luz que no sabemos todavía si es promesa o advertencia. Para los tímidos esto es casi nefasto: los pone en la disyuntiva entre el valor y la cobardía, esa zona gris donde tantos hombres pasan la vida entera preguntándose qué hubiera pasado si. Para los que creen conocer la felicidad sólo mirando por la ventana —viendo cómo las cosas que pasan son las mismas para todos, como si el mundo fuera un desfile que se puede contemplar sin mojarse— requiere de una reflexión casi eterna, con poca o ninguna acción.
Pero después están los otros, los que un día cualquiera deciden que ya basta de mirar, que la ventana no es un lugar sino una excusa, y entonces cruzan. Y es curioso cómo aparecen, estos hombres que de pronto te implican en algo que ni imaginaste, algo que ni pensaste podría suceder porque estabas demasiado ocupada en el ritual de lo cotidiano, y ese alguien ejecuta un movimiento inesperado —un peón que avanza dos casillas cuando esperabas el alfil— y de pronto te infunde una energía que hasta entonces te era desconocida, o quizás siempre estuvo ahí, dormida, esperando exactamente esa combinación de circunstancias que nadie podría haber previsto.
Así estaba yo, Melania, mirando por mi ventana la cotidianidad del placer: uno que viene, uno que va, otro que vuelve como quien regresa a una casa que conoce de memoria pero que igual lo reconforta. El saludo de siempre, un regalo aquí, un beso allá, una sonrisa que a veces es máscara y a veces es verdad y a veces —las mejores veces— es las dos cosas al mismo tiempo. Una risa loca que rebota en las paredes del departamento, los infaltables disparos de leche de nieve que marcan el tiempo como un reloj líquido, desnudeces que se olvidan al cerrar la puerta porque hay cosas que solo existen en el espacio donde ocurren, juegos aprendidos que se repiten con variaciones mínimas, historias memorables escritas en mi libreta antiamnesia donde guardo los detalles que importan: el que prefiere el silencio, el que necesita hablar, el que llega tenso como una cuerda de violín y se va blando como la cera.
La vida de una escort premium es también esto: ir adquiriendo consciencia y madurez en el oficio como quien va juntando piedritas en el bolsillo sin saber bien para qué, acostumbrarse al conjunto finito de lo predecible que sin embargo nunca es exactamente igual porque los cuerpos mienten distinto cada vez, aprender a leer esos cuerpos como quien lee mapas de territorios ya conquistados pero que guardan siempre algún sendero secreto, algún río subterráneo que solo aparece cuando menos lo esperás.
Hasta que un día, casi cerca del mediodía, recién salida de la ducha —y ahora que lo pienso, los momentos importantes siempre me encuentran así, en tránsito entre un estado y otro, como si la vida supiera que hay que pillarnos desprevenidos para que no tengamos tiempo de armar defensas—, sucedió.

Estaba inmersa en mi ritual estético, untando crema en cada rincón de mi curvo cuerpo con esa atención que le ponemos a las cosas que hacemos solos, cuando sonó el celular: Titanium de Sia, porque una elige sus himnos y los himnos después eligen los momentos en que van a significar algo. Dudé si contestar; mis dedos resbalosos no estaban disponibles, y además había algo en el aire, una densidad extraña, como cuando el cielo se pone amarillo antes de la tormenta. Pero contesté, porque hay llamadas que no se pueden dejar pasar aunque no sepamos todavía por qué, aunque recién después, mucho después, entendamos que ese gesto mínimo de apretar un botón verde estaba dividiendo nuestra vida en un antes y un después.
Así llegan los acontecimientos a la vida: de una manera que nunca imaginamos y cuando menos lo esperamos, como ladrones corteses que piden permiso pero igual se llevan todo. Al principio ni siquiera te das cuenta de que la cosa tiene que ver contigo, de que ese acontecimiento te está destinado desde algún lugar que no tiene nombre, desde alguna conspiración del azar que otros llamarían destino pero que yo prefiero pensar como una jugada maestra del universo que se aburre de vernos repetir los mismos movimientos.
Respondí con mi voz argenta, áspera de vapor y sueño reciente, haciendo maniobras con cabeza y cuello para que el celular no escapara de ese hueco entre la oreja y el hombro donde se acomodan las conversaciones importantes. Una voz seca al otro lado dando directrices precisas, sin adornos, como quien sabe exactamente lo que quiere y no tiene tiempo ni ganas de disfrazarlo. Encuentro convenido. La vida siguió sin más, sin pensar que ese acercamiento cambiaría el rumbo de lo imaginado, porque así funcionamos: seguimos caminando apurados mientras el mundo se incendia del otro lado de la acera.
Y como todos los momentos significativos traen música de fondo —casi como en el cine, o porque la música brota de un interior al que antes no le habías hecho puto caso, de esas capas geológicas del alma que solo se activan cuando algo importante está por pasar— en esa vez primera que lo conocí, un momento de risa, charla y seducción, nos deslizamos de un salto a bailar juntos, sin que ninguno de los dos propusiera nada, como si nuestros cuerpos hubieran acordado algo a espaldas de nuestra consciencia. Keane sonando. Somewhere Only We Know. Y la canción decía exactamente lo que estaba pasando, o quizás estaba pasando exactamente lo que la canción decía, ya no sé cuál es la causa y cuál el efecto, si es que esas categorías sirven para algo cuando el tiempo empieza a comportarse de manera extraña.
Solo él observándome con sus ojos de mar. Yo bailando lento frente al espejo. Desnudándome mientras contorneaba mi espalda contra su pecho, sintiendo su respiración cambiar de ritmo como un idioma que no necesita palabras. Él suspirando por encima de mi hombro, los dos mirando el reflejo, ese tercer espacio donde todo es posible porque no era ni yo ni era él sino esa cosa nueva que inventamos juntos. Me hace girar para mirarme a los ojos.
Y fue ese el momento. La mirada. La gran señal.
Hay miradas que buscan y miradas que se encuentran, y luego están las otras, las que no buscan nada porque ya saben, las que simplemente reconocen algo que estaba ahí desde siempre esperando ser visto. El movimiento más arrebatado, el instante exacto en que Mark se metió en mí. En mi vida. En cada espacio de mi ser, incluso en los que yo no sabía que existían, incluso en los rincones que había mantenido cerrados con candados por años de prudencia. Para perdernos y no volver a tener paz nunca más.
Melania⚜️

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