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Dicen que hay que amar lo que uno hace. Yo lo amo. Solo que cuando cuento exactamente qué es lo que amo, la gente se atraganta con el café.
Mi pasión tiene menos Excel y más gemidos, menos metas trimestrales y más orgasmos, menos feedback del jefe y más… bueno, ya se imaginan.
Si mi currículum fuera honesto, diría: experta en hacer gemir ejecutivos, especialista en descubrir fantasías reprimidas, máster en cobrar lo que quiero. Pero como LinkedIn no tiene esas categorías, les cuento por acá. Sin filtros corporativos. Sin eufemismos.
I. Hacerlos gemir (mi KPI favorito)
Hay un momento —siempre hay un momento— en el que un hombre se olvida de quién es. Se olvida de su cargo con oficina mirando a la cordillera, de su apellido puesto como avenida principal, de sus cuentas en el paraíso, de su esposa esperándolo con delivery de comida china para luego hacer reciclaje plástico. Se olvida absolutamente de todo.
Y gime.
Gime como adolescente en la ducha. Como animal herido. Como hombre maduro que finalmente se permite sentir sin protocolo ni control.
Yo provoco ese momento. Lo dirijo como quien dirige una orquesta (pero sin ropa y con mejores resultados). Y lo disfruto con una intensidad que pocas cosas me dan en la vida. Es mi métrica de éxito: KPIs del placer. Si gime como si le estuvieran sacando el alma por la entrepierna, succión cumplida.
Ese poder, caballeros, es adictivo. Y no aparece en ningún manual de recursos humanos, y a ese poder soy devota.
II. Descubrir lo que los vuelve loco (soy una maga, pero del morbo)
Cada hombre es un mapa por descifrar. Llegan con sus fantasías obvias, sacadas de películas porno gratuito. Predecibles. Aburridas. Pero yo leo más profundo.
Leo los silencios. Las miradas que se desvían cuando toco ciertos temas. Las respiraciones que se aceleran cuando menciono algo específico. Y entonces descubro lo que REALMENTE los vuelve locos. Eso que ni ellos sabían que les gustaba.
El CEO de traje italiano que descubre —sorprendido él mismo— que le fascina que lo domine como empleado torpe. El divorciado que no tenía idea de que su cuerpo podía hacer ESO. El casado aburrido que acaba de descubrir un órgano nuevo a los sesenta y pico.
Hay un placer casi pedagógico en esto. Soy como una profesora de educación sexual, pero con lencería y sin pizarra. Aunque pensándolo bien, una pizarra no estaría mal para algunos casos.
III. Leerlos como libros abiertos
Los hombres creen que son complicados. Misteriosos. Impredecibles.
Y sí. Un poquito.
Son libros abiertos escritos en letra grande. Y yo sé leer muy bien desde hace varios años.
Leo su cara de asombro cuando abro la puerta y soy exactamente lo que esperaban, pero mejor. Leo cómo me miran mientras camino hacia ellos con mis tacones sonando en el piso. Leo su nerviosismo disfrazado de seguridad, su deseo escondido detrás de una conversación educada.
La psicología del encuentro erótico me fascina. Es como jugar ajedrez pero más divertido. Y con menos ropa, claro. Y sin que nadie diga “jaque mate” (aunque a veces se podría).
IV. Mi agenda es MÍA (sin jefes, sin horarios fijos)
Hay algo delicioso en despertar un martes a las once de la mañana y decidir: hoy trabajo, hoy no trabajo, hoy cancelo todo, hoy me voy a la playa a leer mis novelas.
Nadie me dice cuándo, cómo, ni con quién.
No tengo jefe mirándome el reloj con cara de policía. No tengo luces fluorescentes gastando mi bronceada piel. No tengo reuniones inútiles donde gente mediocre habla durante horas eternas sin decir absolutamente nada, ahhh…
Yo decido. Yo y solamente yo.
Si quiero trabajar tres días a la semana y ganar más que un gerente con MBA por hora, lo hago. Si quiero tomarme un mes para mis proyectos, lo hago. Si quiero ver solo a dos clientes selectos este mes, lo hago.
Esa libertad, señores, vale más que cualquier sueldo fijo con aguinaldo incluido. Porque el tiempo es lo único que realmente poseemos. Y yo soy completamente dueña del mío.
V. El sexo (obviamente)
Amo hacer el amor. Día y noche. Y también amo fornicar sin piedad y muy sucio hasta el amanecer. Depende del día, del cliente, del humor, de la luna, y de si desayuné bien.
Amo que me toquen con esas manos que tiemblan primero y se vuelven seguras después. Amo enseñarles exactamente cómo hacerlo (con qué presión, con qué ritmo, con qué dedicación —soy exigente, qué se le va a hacer—). Amo el sexo. El húmedo. El ruidoso. El que no aparece en manuales de autoayuda para parejas aburridas ni en películas románticas con final feliz. Ese sexo que si lo filmaran tendría que ser en un canal que aún no descubriste.
Y cuando encuentro a alguien que puede hacerme contrapeso, alguien fuerte que me hace olvidar —por unas horas— que soy yo la que tiene el control… Ahí está el paraíso. Ese que ustedes pagan. Y que yo disfruto tanto como ustedes.
Quizás más. Perdón por la honestidad 😏
VI. Crear a Melania (mi personaje favorito)
Melania no es solo mi nombre. Es una obra de arte que creé cuidadosamente. Mi alter ego. Mi versión mejorada. Mi avatar de lujo.
Prepararme para un encuentro es como prepararme para subir a un escenario. Elijo el vestido perfecto, los tacones exactos, el perfume que dejará huella en sus fosas nasales durante días (marketing olfativo, le dicen). Me maquillo con la precisión de una actriz de teatro. Con intención. Con conocimiento de causa.
Y después viene esa tensión deliciosa de no saber cómo se desarrollará la escena. Esa incertidumbre me excita demasiado. Ese peligro del goce inesperado. Porque cada puerta podría revelar algo nuevo: alguien que me sorprenda y me haga vivir un momento que me marque. Alguien a quien recuerde por mucho tiempo. Alguien que se transforme en mi amigo para siempre. Ese que conocí en las profundidades de nuestras propias sombras, y que por eso, no nos soltaríamos más.
Mi trabajo con esta máscara es mi forma paradójica de ser más real. Melania puede decir lo que quiera, hacer lo que quiera, ser lo que quiera. Sin las limitaciones de la buena educación y las expectativas sociales. Es mi versión sin filtro. Mi yo sin pedir permiso. ¿Quién más puede decir eso de su trabajo?
VII. Lo que me gusta en la cama (sin pedir disculpas)
Amo la dominación. Tanto dominar como ser dominada. Me gustan ambos juegos. Ponerlos de rodillas y verlos obedecer cada orden. También arrodillarme cuando encuentro a alguien que merece ese poder temporal sobre mí (son pocos, pero existen).
Amo el sexo exhibicionista. Hacerlo donde podríamos ser descubiertos: en un baño de restaurant caro, en un ascensor con cámaras, en cualquier lugar donde la adrenalina se mezcle con el orgasmo hasta volverse indistinguible (no lo intenten en casa; bueno, sí, inténtenlo, pero no me hago responsable).
Amo los juegos hardcore sin límites. Los que la gente pacata no menciona en sus cenas elegantes. Los que requieren confianza, comunicación, y absolutamente cero vergüenza.
No pido perdón por lo que me gusta. Ni finjo ser más suave, ni más dulce de lo que soy. Soy exactamente lo que ven cuando nos conocemos: una mujer que conoce su cuerpo, domina su placer, y no tiene miedo de pedir lo que quiere. Soy una mujer que disfruta.
Si eso asusta a alguno, bue… definitivamente, no estás listo para mí, busca lo convencional. Yo no estoy en el negocio de las disculpas.
VIII. Hoteles y regalos que brillan (¿hace falta explicar?)
Seamos honestos: los hoteles cinco estrellas son un placer. ¿Quién diría lo contrario?
Las sábanas con hilos que no puedes contar. Las bañeras enormes con champagne incluido. Las vistas a la ciudad mientras él me toma contra el ventanal. El lobby que huele a dinero recién planchado. El minibar ridículamente caro que nadie tocará porque estamos ocupados en cosas húmedas más interesantes.
Y los regalos… Ese Cartier que apareció después de un encuentro memorable. Ese perfume francés carísimo. Esa cartera elegida pensando en mí. Esos desayunos de princesa que aparecen en mi recepción, ahhh…
No es solo el objeto (bueno, también es el objeto, no voy a mentir). Es el gesto. Es saber que nuestro momento juntos generó ganas de dejar algo más que lo acordado. Es la propina emocional. Y yo la acepto con la gracia de quien sabe que se la merece. Of course.
IX. Cobrar (mi love language)
Amo cobrar. Amo demasiado el dinero. No tengo ningún pudor en decirlo.
Me encanta el ritual silencioso de los billetes en el sobre antes de que empiece la función. La transferencia que llega puntual a mi cuenta. Y cuando al final me dan más —mucho más— porque no pudieron contenerse: “Tomá, te merecés más por todo lo que me diste hoy”.
Y yo lo tomo. Porque sí, tienen razón: me lo merezco completamente.
Amo cobrar. Amo hablar de dinero con total desparpajo, sin bajar la mirada, sin disculparme. Decir lo que necesito, cuánto cuesta, acompañarlos al cajero si hace falta (sí, soy así de práctica). No me da vergüenza. Me da poder. Cada billete es un voto de confianza. Cada transferencia, un reconocimiento. Cada propina, la confirmación de que vivieron algo que van a recordar mucho tiempo. 💸
El dinero es libertad. Es poder. Es autonomía. Cobro bien porque valoro mi trabajo. Cobro caro porque ofrezco lo mejor. Y los hombres inteligentes lo entienden sin que necesite explicarlo.
(Los que no entienden, bueno, que sigan buscando en las páginas baratas. Allá ellos.)
X. Ser libre (sin pedir permiso a nadie, ni siquiera a ustedes)
Amo ser libre. Completamente libre.
Soy dueña de mi cuerpo. De mi sexo. De mi deseo. De mi placer.
Gozo con desconocidos porque quiero, cuando quiero, como quiero. Los desconocidos me excitan. Soy adulta, dueña absoluta de mis decisiones. Y hay algo profundamente hermoso en eso: ser soberana de mis propias elecciones.
Porque si gano, gano YO. Y si me equivoco, me equivoco YO. Es mi vida. Es mi juego. Son mis reglas.
Mi deseo secreto —que ya no es tan secreto— de tener muchos amantes adorándome día a día, y dándome dinero con alegría es mi versión personal del paraíso terrenal. Y lo vivo sin arrepentimiento. Porque vivir la vida en mis propios términos es exactamente lo que hace que este trabajo valga cada segundo.
Así que sí, disfruto mi trabajo.
No es para todos. No es para mojigatos. No es para los que necesitan un contrato fijo y vacaciones pagadas para sentirse seguros.
Para mí, es perfecto. Con sus gemidos, sus hoteles, sus regalos, su libertad, su dinero contante y sonante, y la sonrisa de satisfacción en muchos rostros al cerrar la puerta.
Y ahora sí, los dejo porque tengo una cita que atender.
Los amo. 💋
Melania ♡
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

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