Está bien. Lo reconozco. No dejo de pensar en vos.
Hay una honestidad en escribir esto que me asusta, porque las mujeres como yo no deberían confesar estas cosas, no deberían admitir que un cliente se les ha metido bajo la piel como una astilla dulce que no quieren sacarse. Pero mi mente tramposa me traslada en contra de mi voluntad a tu recuerdo incesante, ese que semana a semana vas grabando en mi cuerpo desde la primera vez que nos vimos. Y yo, que creía conocer todos los territorios del deseo, descubro que hay uno que no había explorado: el de la espera. El de contar los días. El de pensar en alguien cuando no está.
Mañana te volveré a ver. Y sé exactamente cómo será, porque lo he ensayado mil veces en mi cabeza durante estos días que se estiran como chicle entre un encuentro y otro. Antes de abrir la puerta, te observaré a través de ese minúsculo y mágico espacio circular —la mirilla, ese ojo que me permite verte sin que me veas, ese segundo de ventaja que necesito para componer mi rostro antes de enfrentarte—. Y vos me regalarás esa sonrisa exageradamente diabólica, esa que ponés solo para hacerme sonreír y entender cuán feliz me hacés. Entonces, de un solo salto, entrarás a mi espacio y te apoderarás de mí como si fuera tuya, aunque ambos sabemos que no soy de nadie, aunque ambos fingimos que esto es solo un intercambio de servicios.
Mañana sentiré como si me hubiera enamorado de vos. Uso el condicional porque no puedo usar el presente, porque admitirlo sería demasiado, porque hay líneas que una no cruza si quiere seguir funcionando en este oficio. Te daré todo lo que me pidas, extendiendo ese momento que vivimos como unos necios, como dos amantes ilusos y confundidos entre la cabeza y el cuerpo, que no saben cómo llevar esta sensación a algo más duradero. ¿Queremos que dure -acaso? ¿Querés vos que dure? No me lo digas. Prefiero no saber.
Mañana a besos y mordidas me despojarás de todo lo que llevo encima —la ropa, sí, pero también las defensas, las corazas, esas capas de ironía y distancia profesional que me pongo cada día como un uniforme—. Me lanzarás a la cama y te observaré desnudarte lentamente frente a mí, y te admiraré con esa locura silenciosa de quien mira algo que sabe que no le pertenece pero que por un rato puede fingir que sí. Alcanzaré tu miembro con lentitud, deslizando anhelante mi boca para ahogarme con tu volumen completo dentro de mi cavidad, mientras mi lengua enloquecida circunda tu punta y voy llenándome de vos. Hay algo en este acto que se siente distinto a tu lado, como si no fuera técnica sino entrega, como si mi boca te estuviera diciendo cosas que mi voz no se atreve a pronunciar.
—Ahora te voy a dar vuelta y te abriré para chupar lo que es mío —dirás enajenado, y esa palabra, mío, me atravesará como un rayo aunque sepa que no es verdad, aunque sepa que soy tuya solo por las horas que pagás, aunque una parte de mí —la parte estúpida, la parte que debería haber muerto hace años en este trabajo— quiera creer que lo decís en serio.
Te apoderarás de cada rincón. Mordisquearás cada línea curva de mí. Sumergirás tu cara, tu cabeza entera en cada espacio, preparando el momento en que empalarás hasta hacerme doler dulcemente, otra vez. Y yo no me resistiré, no diré despacio, amor, sino que rogaré, rogaré con vehemencia que me invadas, traspásame y no salgas más. Giraré y clavaré mis dedos en tu espalda como si con eso pudiera retenerte para toda la vida, sentiré tu erección latiendo sobre mi vientre mientras saboreás el dulce lechoso floreciendo de mis pechos. Y en ese momento no habrá diferencia entre lo que siento y lo que finjo, porque ya no estaré simulando nada.
Mañana, al instalarte en mí, lo harás sin dudar ni avisar, sin dirección manual invadirás mi centro como un imán atraído por esa fuerza tan inexplicable como la mañana en la que te conocí. Aquella primera vez inigualable en la que apareciste para alterarme con esa secuencia de momentos cuyo resultado final no pudo evitar que me estremezca. Fue tu voz. Tu risa. Tu juego mental de ajedrecista desafiante. Y no, no lo pude evitar, mi espalda no dejó de curvarse mientras te recibía y te hacía mío para siempre —aunque para siempre en este oficio signifique la brevedad, aunque para siempre sea la mentira que nos contamos para sobrevivir el presente—.
Así, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si ese par de horas fuera infinito y lo único que importara que existiera. —No te muevas— te dije, aferrándome a vos con los dedos transformándose en garras. Te quedaste quieto sobre mí, mirándome a los ojos desde arriba, mientras con toda la potencia centrífuga de mi ser me apoderaba de tu peso hasta hacerte perder el equilibrio con mi enloquecido meneo. Te sentí gemir como una bestia sobre mi cuello. Te encarcelé entre mis piernas para moverme rápido-fuerte-circular, y más rápido-fuerte-circular hasta hacerlo más certero segundo a segundo y constatar que estás cada vez más cerca. Nos volvimos a mirar y supe que haría lo que fuera para que no puedas vivir sin mí. Ese instante perfecto en el que te erguís por un segundo, hundirte más y darme tu amor, sí, tu amor, por completo, en ese espacio desconocido que no sabemos bien cómo ocurre pero nos acerca por completo.
Mañana pedíme lo que quieras. Lo tendrás. Mañana, al verte, sentiré como si antes de vos nada hubiera existido. No recordaré lo que cené, ni cómo usaba el cobertor, ni lo que compré hace unas horas. No recordaré nada de nada porque nada existe, solo vos. Porque eras vos lo que yo quería ver desde mucho antes de saber de ti. Porque antes de vos yo no sabía esperar con ansias. Porque antes de vos yo no escuchaba ese estúpido y pendejo grupo musical en inglés que ahora suena en mi cabeza todo el día. Porque antes de vos yo hacía sudokus, tomaba té y tenía citas que me mantenían en el presente puro, sin futuro, sin anticipación, sin esta cosa insoportable que es extrañar a alguien.
Mañana nuestra despedida volverá a ser lenta. Demasiado lenta. Como si ninguno de los dos quisiera que termine, como si alargar el adiós pudiera cambiar algo. Antes de terminar susurrarás en mi oído, no me dejes ir, y yo pensaré por un segundo si sería verdad que en serio te quedarías si te lo pidiera. Si rompiera el pacto tácito que nos mantiene en este limbo cómodo donde todo es intenso pero muy poco es real.
Más, no diré nada de lo que quiero decir. Porque con vos me muero de miedo. Porque no quiero desbaratar nada de lo que tenemos. Pero sobre todo porque yo no sé cómo ser fuera de estas cuatro paredes. No sé si te gustará salir a devorarte todos los restaurantes y bares de la ciudad como me gusta a mí. No sé si te gustará ir a los conciertos para saltar y cantar rabiosamente. No sé si todo el despliegue de producción que hacés cada vez que nos vemos lo harás día tras día, cuando la novedad se gaste y quede solo lo cotidiano. No sé si podrías quererme sin el misterio, sin la distancia, sin el deseo amplificado por la escasez.
No quiero que sepas cómo tiemblo cuando recibo tus corazones por WhatsApp y me quedo mirando la pantalla porque no sé qué responder. Entonces, minutos después, llamás. ¿Ché, pasa algo? Y te invento que estaba ocupada, clavando algún puñal en mi propia vulnerabilidad. Y vos arremetés con esa voz que me mata: Te extraño. Entonces duele. Duele saber que estás, en algún lugar de Santiago, muy cercano a mí. Entonces te lanzo todo mi repertorio de chistes malos hasta lograr que te rías, cuando lo que quiero decirte es que yo también te echo de menos. Que ya quiero que sea ese mañana en el que te veré y jugaremos a que el tiempo es nuestro.
A tenerme como una desquiciada por vos y hacer que el círculo siga gira que gira, extendiéndose un rato más, solo un poco más, hasta que algo —no sé qué, algo— nos pase.
Hasta que el juego se vuelva verdad o la verdad, simplemente, se vuelva insoportable.

Melania.
“Las mejores historias no solo se leen. Se viven.”

No Comments