
Si llegaste hasta acá, es probable que tengas una pregunta que no vas a escribirme nunca: ¿por qué cuesta esto?
Nadie me la escribe; sin embargo, a veces llega disfrazada de otras cosas : “¿hacés algún horario más corto?”, “¿y si es solo para conversar?”, “¿puede ser un masaje, nada más?”, “¿y si vamos a cenar, por favooor?”, que son maneras educadas de preguntar lo mismo.
Y sabés, no la voy a responder. Voy a hacer algo más útil, que es contarte qué ocurre efectivamente en esa habitación. Suele ser bastante distinto de lo que se imagina desde afuera. Y si al final la pregunta sigue en pie, la vas a poder responder vos.
Empecemos por lo que no es
No es tiempo. Tiempo podés tener: la agenda llena para otros y la semana vacía para vos.
Tampoco es un simple cuerpo para ver. Hay más carne gratis en tu Instagram que en cualquier otra parte, con un algoritmo detectando tus necesidades antes que vos: en alta definición, a cualquier hora, sin obligación de conversar y sin que nadie te pregunte cómo estuvo tu día. Si eso fuera lo que buscás, ya lo tendrías resuelto hace rato y no estarías leyendo esto a las dos de la mañana.
Esto es otra cosa, y no aparece en ningún catálogo: una mujer que decidió estar completamente ahí, sin distraerse, sin apurarse y sin necesitar absolutamente nada tuyo.
Esa última parte casi nunca se nombra. Y es la cara del asunto, y es exactamente por lo que cuesta lo que cuesta.
Cogemos, obviamente. Para eso me escribís y para eso me pagás. Lo que pasa es que esa es la parte fácil, y no es exactamente lo que te va a hacer volver a mí.
Llegás con un personaje puesto. Y sí, todos llegamos con uno. Yo también, obvio: el mío incluso tiene nombre propio, Melania. Y vos tenés el del hombre que decide en la reunión, el que tranquiliza a todos en casa, el que no puede permitirse dudar en voz alta porque hay demasiadas personas dependiendo de que él parezca seguro.
No lo elegiste por vanidad: lo armaste porque te funciona. Lo que nadie te avisó es que no venía con interruptor. Sigue encendido los domingos, en las vacaciones y a las tres de la mañana, gastando una energía que ya no le rinde a nadie.
Y acá viene la parte que a mí me divierte: yo no hago nada para desarmarlo. No hace falta. Un personaje necesita a alguien a quien convencer, y acá no lo tenés: yo ya te dije que sí antes de que llegaras. No hay una posición que defender, no hay nadie tomando nota, no hay consecuencias mañana. Probablemente nuestro encuentro sea lo único de tu semana donde no tenés que rendirle cuentas a nadie.
Y este momento hará mucho por tu cuerpo. Los hombros bajan varios centímetros. La respiración se muda de arriba a abajo. Yo lo veo antes que vos, que es una de las muchas ventajas de este trabajo.
Y entonces… empieza EL juego
Acá está lo que casi nadie entiende: te sacás una máscara para poder ponerte otras. Y esas sí que las elegís.
Porque lo que viene después es un juego, en el sentido más divertido de la palabra. Roles, escenas, cosas dichas en voz alta que en años no dijiste nunca. Fantasías que —te lo aclaro por si venías preocupado— suelen ser bastante menos escandalosas de lo que temías. Yo escuché de todo, y la enorme mayoría de eso era, en el fondo, alguien pidiendo permiso. Alguien queriendo ser visto.
El juego necesita riesgo. Si no hay nada en juego, no es un juego: es un trámite, y de esos ya tenés bastantes.
Lo que un juego no necesita son consecuencias. Y esa es la parte que se fue perdiendo con los años: llega un momento en que cada cosa que decimos queda anotada en algún lado, y entonces uno empieza a medir. Así el deseo se va poniendo administrativo, previsible, correcto, agendado, más o menos como una reunión por cumplir.
Acá te vas a jugar cosas. Vas a decir en voz alta algo que nunca dijiste y te van a temblar las manos, que es exactamente lo que corresponde cuando estás frente a mí. Lo único que no va a pasar es que eso —o yo— te sigamos a la salida.
Un desconocido que te ve
En esa habitación no hay pasado y no hay futuro.
No hay pasado porque no te conozco. No arrastro tu historia, no tengo un archivo de tus defectos, no te comparo con el que eras en 2011 ni con la versión tuya que alguien extraña. Y no hay futuro porque no te voy a pedir nada mañana. Ni un mensaje, ni una explicación, ni que seas de determinada manera.
Queda una sola cosa, que es lo más difícil de conseguir en tu vida entera: un ahora. Un presente.
Pensalo un segundo. En todos tus otros vínculos hay una contabilidad abierta. Tu socio quiere algo. Tu jefe, si tenés uno, quiere algo. Tu familia quiere algo, y encima te quiere de verdad, que es la forma más cara de querer. Hasta la mujer que te desea sin cobrarte quiere algo: quiere que la llames, que te quedes, que mañana seas exactamente el mismo que fuiste anoche.
Nadie te mira sin pasarte una factura. La mía, digamos, llega antes y es la única. Después de eso no hay nada más que administrar.
Y ahí aparece una paradoja que descubrí pronto y que todavía me parece el corazón de este trabajo: te ve mejor alguien que no tiene nada que proteger. Los que te quieren te miran a través de todo lo que necesitan de vos, que es como mirar por una ventana sucia y jurar que afuera está nublado. Yo no necesito nada de vos. Y resulta que eso, que no cuesta nada, termina siendo lo más difícil de conseguir.
Por eso en esa habitación vas a decir cosas que no te atrevés a decirle a nadie, porque este es un espacio donde no se nos va a juzgar. Dirás lo que necesitás decir, y yo las recibiré y te las devolveré con la experiencia sensorial que no encontrarás en otro lugar. Eso también es oficio, y es la parte que nadie ve porque no se ve nunca.
Y bueno, esto sucede porque casi ningún hombre negocia jamás en la cama. Solo adivina, interpreta señales, deduce silencios, se guió por una respiración y sacó conclusiones que después sostuvo durante años. Hay matrimonios enteros construidos sobre la interpretación equivocada de un suspiro en 1998.
Acá sí se dice. Lo que querés, lo que no, lo que te da vergüenza nombrar, lo que te gustaría probar y nunca supiste proponer sin sentir que arruinabas algo. Se dice con palabras precisas, en voz alta, y no pasa nada. Acá ambos mantenemos nuestro secreto.
Y eso no es el trámite previo: es la parte erótica. Octavio Paz lo dejó dicho en cuatro palabras: “el erotismo es sexualidad transfigurada”. Lo que se transfigura es exactamente esto: el lenguaje, la elección, el saber pedir. Lo demás es mecánica, y la mecánica la tiene cualquiera con un cuerpo y buena voluntad.
Yo tengo algo más que buena voluntad: tengo años mirando muy de cerca. Sé a qué velocidad ir, cuándo un silencio es incomodidad y cuándo es exactamente el momento de no decir nada. Eso no se improvisa ni se aprende en ningún lado, salvo haciéndolo. Muchas, muchísimas veces. Decir algo difícil de manera que el otro lo reciba bien sirve en una habitación y sirve en un directorio. Es la misma habilidad, solo que en el directorio nadie la usa para que alguien la pase bien. Eso sí: en los dos casos hay bono. El mío se paga por adelantado.
El oficio de tocar
Los alquimistas le asignaban a Venus el cobre: un metal blando, que se opaca rápido, que se llena de verde si nadie lo toca, y que responde como pocos cuando alguien se toma el trabajo de pulirlo. Nunca encontré mejor descripción de un hombre al que hace años que nadie mira de cerca.
Hacé la cuenta: ¿cuántas manos te tocaron este mes sin que hubiera un trámite de por medio? El dentista no cuenta. El masajista tampoco, que te trata como a un mueble caro. A un hombre de tu posición lo tocan muy poco, y nadie lo dice porque es duro reconocerlo, así que le ponen otros nombres: estrés, cansancio, la edad. La piel es el primer órgano que se nos forma y el último en resignarse. La tuya lleva años esperando y vos le explicás que tiene que ver con la reunión del lunes.
Después está lo otro, que es lo que a mí más me interesa: la desnudez. Desvestirse no es mostrar un cuerpo: es perder el borde. Esa línea prolija que separa lo que sos de lo que mostrás. Por eso a algunos les da un poco de vergüenza, y por eso cuando sale bien, esto mismo da un alivio enorme.
Yo también me desvisto para vos, y siento el máximo placer al hacerlo mientras me observás… Acercarme a vos, mirarte a los ojos, sentir tu respiración al rozar tu boca, extendiendo mi mano que te toca al mismo tiempo que está siendo tocada por esa parte de la piel en la que me deslizo. Es lo único de mi trabajo que no se puede actuar.
Algunos le dicen “tu lado oscuro” a este territorio; suelen ser los que nunca entraron y hablan con una autoridad que nadie les dio, los de mirada pequeña y prejuiciada que no ven más allá de su burbuja. Otros le dicen sagrado, y esos me dan también desconfianza y bostezos con velas incluidas. No es ninguna de las dos cosas, o es exactamente las dos. Es un lugar donde se cruza un límite con consentimiento, y cruzar un límite siempre da la misma mezcla incómoda de miedo, ganas y éxtasis.
Mis curvas, tus dobleces, la parte de atrás de una rodilla, un beso que dura más de lo que corresponde. Eso solo es espectacular con ciertas personas. Todo eso te recuerda que estás vivo, que es una información de vos que no puedes perder. Y siempre quedará algo que no alcanzaremos. Y tengo la leve sospecha de que ese es el punto: jugar a que buscamos alcanzarla, para siempre volver.
¿Precio o valor? (ahora que sabemos de qué hablamos)
Alguien pensará que es mucho dinero. Otros no van a pensar nada, porque para ellos el número no es el asunto. Y ahí está la diferencia, que no es de billetera: el precio es una cifra y es idéntica para todos. El valor no. El valor es lo que esto significa para vos, y eso no lo decido yo ni lo decide el mercado. Para un tipo de hombre puede ser una noche entretenida. Para otro, podría ser lo único que le devolvió las ganas de estar en su propio territorio después de años. Misma cifra, misma habitación, misma mujer. Pero son dos cosas completamente distintas. Por eso no le discuto los precios a nadie: sería como discutir lo que es valioso para tu vida, y eso es un asunto muy tuyo y privado.
Este tipo de oficio no está pensado para todo el mundo: está pensado para quien puede pagarlo sin que le mueva el mes, porque un hombre calculando mientras está conmigo no está conmigo, está en su home banking, y ahí no lo puedo ayudar.
Nunca vas a encontrar acá una promoción, un descuento por volumen, ni una tarifa especial para vos porque nos caímos bien. Cobro lo que decidí cobrar. El precio no es una opinión sobre vos: es la forma que encontré de no tener que decidir cuánto vale una experiencia cautivadora.
Hay un solo lugar donde el precio deja de ser una cifra, y es cuando volvés.
La primera vez venís a averiguar. La segunda ya sabés a qué. Y para la tercera dejaste de preguntarte cuánto cuesta, porque estás haciendo otro cálculo bastante más urgente: cuántos días faltan para la próxima.
Lo que se arma para entonces no tiene nombre comercial. Dos personas desnudas que se conocen, que saben lo que le gusta al otro, que se ríen de cosas que nadie más entendería, y que tienen la certeza absoluta de que nada de eso va a salir nunca de esa habitación. Eso no se compra: se construye, y no con todos.
Si estás decidiendo, decidí tranquilo. Esto no funciona con alguien que se está convenciendo a sí mismo. Y si ya decidiste, sabés dónde encontrarme. 😉

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